Tuesday, January 11, 2005

 

1

Como vive sola y está en una silla de ruedas no ha sido difícil hacerse con ella. Pensaréis que soy un hijo de puta por matar a una vieja que además está impedida, y poco puedo decir yo contra eso.

Antes de que empezar ya se lo ha hecho todo encima;he resistido olores peores. Tras acabar con ella, le arranco la blusa que lleva puesta y la abro en canal, para vaciar el cuerpo y meter las vísceras en una bolsa de basura.

La sala de estar en la que la vieja veía un culebrón venezolano ha quedado bañada de sangre. Me siento en el sofá frente al televisor y me dispongo a ver un rato la telenovela a la que con total seguridad la vieja estaba enganchada, sintiéndome seducido casi de inmediato por el talento dramático de las actrices principales, sobre todo el de la chica que hace de invidente; pienso inmediatamente que me encantaría sacarle los ojos y cortarle a los pechos. Tras finalizar el episodio, me largo de allí.Vacío la bolsa de vísceras en el piso del ascensor, porque me parece divertido que alguien vaya a encontrarlas, y salgo del edificio con una sonrisa en la cara. En ocasiones la vida parece una canción.

 

2

La única vez que me salpicó la sangre de alguien sin que yo tuviese algo que ver fue hace mucho. A los trece años fui testigo de un suicidio. Vi cómo alguien se arrojaba desde un décimo piso. Al chocar con el asfalto emitió un golpe seco. Su cabeza explotó con el impacto y un par de fragmentos de masa encefálica fueron a parar a mi camisa y parte de mi cara. Antes de que nadie se percatase de lo sucedido, un gato se llevó lo que de la sesera de aquel tío quedaba. Yo, que no quería ser menos, me llevé la cartera ; cogí el dinero y me deshice del resto. Presencié un espectáculo interesante y encima saqué tajada. No me pareció una mala experiencia. De hecho suelo recordar el episodio con algo similar a la nostalgia. El recuerdo desdibujado de mi infancia está repleto de anécdotas como la que acabo de contar.

 

3

Estoy con una conocida en un café. Ella toma un refresco con hielo, yo un café. Me está contando que su ex es un hijo de puta con el menor apego por el respeto ajeno, alguien detestable, el típico individuo con el que se enrollan todas las chicas que se equivocan de hombre. No puedo evitar sentir una atracción desmedida por todo lo que hace, sobre todo cuando se muerde el labio inconscientemente, y lo único que pienso mientras asiento con la cabeza a todo lo que dice es que quiero follármela.

Una vez en su apartamento ya estamos metidos de lleno en el tema. La tengo durísima, sus piernas abiertas ante mí mostrándome la vagina húmeda a la que me acerco lentamente, ronroneando. Contemplo su clítoris púrpura, y, tras besarlo, cierro mi dentadura sobre él y lo arranco de un mordisco, tragándomelo con la boca llena de sangre mientras ella emite un alarido indescriptible que se prolonga mientras le desprendo los labios superiores de la vagina para engullirlos. A pesar de su oposición también me quedo con uno de sus pezones entre los dientes. Sus gritos comienzan a apagarse, y creo que es posible que se desmaye a causa del dolor , pero no llega a perder la consciencia mientras introduzco mi polla desnuda, mojándola en sangre, en lo que de su vagina he dejado, copulando salvajemente sobre ella hasta correrme mientras ella emite extraños sonidos de conmoción. Es la atrocidad mayor que he cometido en mi vida, difícil de describir incluso para mí. Decido ahorrarle más horror, cogiendo la almohada sobre la que su cabeza aún reposa y poniéndola sobre su rostro, mi peso sobre ésta. Se agita bajo mi peso, intentando inútilmente quitarme de encima. Tras unos últimos estertores todo acaba para ella.

 

4

Mi existencia oscila entre el crimen y el terror. Como casi todo el mundo no soy para el resto sino uno más del montón, y en mi caso particular una víctima de la mediocridad, el último fracasado de la fila del que nadie desea saber nada. Sin vida social. Anónimo, pasivo, invisible. Sumergido en una soledad absoluta y demoledora. Es sólo cuestión de tiempo que acabe ignorándome a mí mismo.

En un mundo que se me antoja vacuo y desprovisto del menor interés, pocas cosas captan ya mi atención distraída, a excepción del sexo opuesto, el ingrediente imprescindible que logra que un flujo impreciso siga circulando a través de mi torrente sanguíneo. Las mujeres logran que desee continuar respirando cada mañana cuando abro los ojos. Sin tener con ellas un éxito arrollador, podría decirse que poseo cierto toque de distinción que me hace seductor a sus ojos. Sin ellas mis días estarían contados. Ni siquiera existiría una remota posibilidad de supervivencia. Ya sea para amarlas o darles muerte, las necesito, sin que exista discusión posible a esta afirmación.

Claudia fue la última chica con la que salí. Increíblemente sexy y sugerente hasta la exasperación, aunque incapaz de mantener una conversación inteligente. La inteligencia de Claudia no era proporcional a su voluptuosidad física. En definitivas cuentas, una mujer increíble con una cabeza desprovista de materia gris. Siempre contando su vida, una insustancial existencia con cuerpo de interminable y tedioso monólogo. Su conversación anulaba mi libido por completo. No podía seguir con atención sus aburridos soliloquios. Cuando ella hablaba, yo exploraba el borde exterior de la galaxia. Intentaba concentrarme en ella y cuanto decía, pero me resultaba literalmente imposible. Me limitaba a seguirle el rollo sin escucharla; era la opción más sensata.

Nuestra relación fue breve. Terminó con su cabeza decapitada, estrellándose contra una de las paredes del dormitorio, rebotando y cayendo al suelo mientras la sangre se disparaba hacia el techo y el cuerpo iniciaba una sucesión de movimientos histéricos, agitando brazos y piernas, intentando huir, cayendo al suelo finalmente, pataleando y dando golpes con las manos sobre éste. Los párpados moviéndose intermitentemente, abriendo y cerrando la boca de un modo que recordaba vagamente a un pez agonizando fuera del agua, mientras el cuerpo continuaba con ajetreados espasmos y convulsiones, hasta que paró. Dejé el hacha sobre la cama y recogí la cabeza del suelo, asiéndola por el pelo. La miré a los ojos en blanco durante unos instantes y me pregunté si me apetecía hacer algo con la cabeza que sostenía en mi mano. Me senté en el borde de la cama con el rostro de Claudia frente al mío y decidí que aquello era suficiente. De repente me sentí carente de ánimo, como si mi acción no me hubiera reportado la diversión que de ésta esperaba. Estaba cansado y sólo me apetecía dormir. Me dejé caer sobre la cama ensangrentada y descansé antes de deshacerme del cadáver y limpiar toda la sangre. Es el inconveniente de jugar en casa.

 

5

Veo un documental de insectos, sin volumen.Tengo el raro hábito de encender el televisor y buscar un canal muerto, lo más inteligente que puede verse en televisión,pero casualmente he dado con el documental y me gusta.Cada vez que veo uno de éstos no puedo evitar acordarme de “Terciopelo Azul”, la película de David Lynch. Se cuela siempre en mi cabeza la imagen de Dennis Hopper interpretando al desquiciado Frank Booth, atormentando a Isabella Rossellini y montándole de paso un guateque de miedo a Kyle Mcklahan, en el que un ambiguo Dean Stockwell le dedica un playback prodigioso del “In Dreams” de Roy Orbison a un Hopper intensamente emocionado.

La oreja cortada de Blue Velvet es la oreja cercenada por excelencia del cine. Hay otras orejas ilustres, pero ésta no admite comparaciones. Dennis Hooper nunca ha estado igual en una película, al menos como villano. Hopper es en “Terciopelo Azul” la encarnación del mal, pero el personaje que interpreta me cae de miedo; es justo la clase de persona con la que me encantaría irme de copas e intercambiar impresiones sobre, por ejemplo, cuál es la mejor manera de cortar una oreja. Cada vez que Dennis aparece en pantalla su presencia engulle al resto del reparto. Su personaje es uno de los malos capitales del cine de nuestro tiempo, y Hopper da uno de los recitales interpretativos más brillantes que hayan podido contemplarse en una pantalla en los últimos veinte años, incorporando a un villano que ha quedado para la posteridad.

Cuando finaliza el documental busco un canal muerto de nuevo. Enciendo un cigarro. Últimamente ando algo insomne. Por eso sigo en pie a estas horas, deambulando con la mente vacía , desolado. Podría adecentar el salón, camino de convertirse en un vertedero, como el resto de la casa, pero no me apetece nada ponerme a hacer limpieza. Me digo: “quizá otro día”, como de costumbre. Siempre igual;planifico una limpieza general y al final nunca hago nada, de modo que la basura va acumulándose día a día. De hecho, y no bromeo, no recuerdo exactamente si el suelo está embaldosado o enmoquetado.Por lo demás, no puedo pensar en nada. Tengo la mente en blanco, bloqueada. En ocasiones, mi cabeza es como los canales muertos que busco en el televisor.

 

6

De madrugada, estoy en la barra de un bar leyendo el periódico. Llevo diez minutos aquí, tomándome un café, y durante todo ese tiempo he estado sometido a observación por un tipo sentado al otro extremo de la barra. Su aspecto no me gusta, aunque tampoco me inquieta. Sólo veo en él cierta posibilidad de que pueda darme problemas. Dejo el periódico en su sitio, termino mi café de un trago, pago y, tras recibir el cambio, salgo al exterior. Treinta segundos más tarde, el tipo de la barra ya está fuera del local, con la mirada puesta sobre mí. Busca algo, mi dinero, probablemente. En ningún momento me siento intimidado. Ya ha oscurecido y dejo que me siga. Tal como pensé, no tarda mucho en abordarme a punta de navaja, y, efectivamente, quiere mi dinero. No estoy dispuesto a dárselo. Llevo un cuchillo encima. Le sorprendo; en un rápido movimiento secciono la superficie de la mano con la que empuña el arma que hasta entonces ha esgrimido contra mí. Su navaja cae al suelo, y la alejo de una patada para que no pueda recuperarla. El siguiente corte le alcanza la cara. Me lanzo sobre él y le practico una abertura desde la parte superior del estómago al bajo vientre, un corte profundo y horrible. Introduzco una de mis manos en el corte hasta el antebrazo. Agarro algo húmedo, duro y caliente en el interior y tiro hacia el exterior con fuerza. El tipo se queda blanco. A continuación dejo que intente huir; me intriga saber hasta dónde llegará con los intestinos colgándole. Presencio cómo, tras un intento imposible por devolverlos a su lugar, cae al suelo pocos pasos más allá. Toda esta sangre me embriaga.

 

7

Despierto alrededor de las once y media de la mañana. Me siento en plena forma y más activo de lo habitual. Lo primero que me viene a la memoria es la noche anterior, nada extraordinario dentro de lo que a menudo suelo hacer, aunque algo fuera de lugar. Sólo una víctima más dentro de un largo historial de crímenes. Completamente desnudo, pienso que mi tono muscular es bueno, pero insuficientemente bronceado. Mis manos siguen manchadas de sangre producto de mi agitada vida nocturna

Mientras desayuno en una cafetería ubicada a dos calles de mi apartamento reviso la crónica negra en uno de los periódicos del día. Hay dos chicas preciosas en la mesa que tengo ante mí, mostrando una actitud cariñosa que podría provocar una inesperada manifestación de erecciones. Se cuentan secretos al oído, besándose a continuación sin pudor alguno, sin reparo a mostrar sus inclinaciones sexuales. Tras de mí, alguien con graves problemas mentales dice en voz alta "asquerosas lesbianas". Por un momento me tienta la idea de girarme para arrancarle las cuerdas vocales y comérmelas crudas mientras intenta gritar, pero hay demasiada gente como para hacerlo con absoluta impunidad. En lugar de eso cuento hasta diez, cuento hasta veinte, treinta, y termino mi café. A continuación pliego el periódico, me pongo en pie planchando suavemente la chaqueta de mi traje con las palmas de mis cuidadas manos y me dirijo a ellas. Me disculpo por la intromisión, y tras presentarme les pregunto si les gustaría ganar algo de dinero fácil. Sin rodeos, simplemente lo digo.


-¿Cómo? – pregunta la rubia como si no hubiera entendido bien. Una rubia que con ese aspecto de ejecutiva sólo puede llamarse Señorita Sofisticación.

- Me gustaría veros en la cama.

- En ese caso, ¿por qué no vas a un videoclub y alquilas algo de lo que buscas? –responde su compañera, de aspecto adolescente, guapa de verdad y con una insolencia natural encantadora.

-Eso estaría bien, y estoy seguro de que vosotras podríais recomendarme algunos títulos de interés, pero no me apetece ver un video; busco algo en vivo.

Se miran intercambiando una sonrisa estupefacta y cómplice a la vez.

-¿Qué clase de pervertido eres? – pregunta Sofisticación.

-De los que les gusta mirar.

-¿En serio?

-Te lo juro - respondo con una sonrisa que es una obra maestra de las relaciones públicas.

- Supongamos que aceptamos tu propuesta – expone Sofisticación, tomando la iniciativa-. ¿Cuánto estarías dispuesto a pagarnos por lo que nos pides?

- ¿Tenéis un precio?

Por supuesto que sí.

-150 € por cabeza -dice sin pensarlo-.¿A ti qué te parece? – le pregunta a su compañera.

- Estoy de acuerdo–responde ésta mirándose las uñas mientras se enciende un cigarrillo.

- Innegociables – sentencia Sofisticación- ¿Sigues interesado?

-Me parece un precio razonable- respondo yo.

De nuevo Intercambian miradas de incredulidad, obviamente sorprendidas.

-Hablo en serio –digo, al tiempo que muestro mi billetera, armada con un lustroso fajo de billetes nuevos, sosteniéndola ante sus ojos para que la vean bien. Entonces el dinero ve la luz y todo parece paralizarse. Devuelvo la billetera a su lugar de origen y extiendo sobre la mesa la cifra que han pedido, es posible que incluso algo más, como un tahur experimentado haría con una baraja de cartas marcadas sobre la mesa de juego antes de desplumar al resto de jugadores.

-Muy en serio -subrayo con otra sonrisa, y por espacio de unos segundos mantienen una breve conversación en voz baja y finalmente cogen la pasta, el gran señuelo al que casi nadie puede resistirse.

Pago sus consumiciones, y a continuación vamos a mi apartamento, donde ellas me preguntan qué deseo exactamente que hagan y yo les doy libertad creativa. No quieren tomar nada, de modo que les pregunto dónde prefieren hacerlo. Dicen que el sofá les parece bien y por mi parte me acomodo en un sillón situado en la esquina de la sala de estar cruzando elegantemente las piernas, dispuesto a disfrutar antes de que el verdadero show que tengo programado dé inicio.

Además de cómodo, el sofá es lo suficientemente grande como para que puedan moverse con facilidad, sin incomodidades. Comienzan a besarse entre risas y yo me relajo tanto que la realidad no tarda en diluirse ante mis ojos, abstrayéndome sin pretenderlo. No os gustaría saber en qué estoy pensando.


Cuando de nuevo centro mi atención en las chicas ha pasado media hora y están practicando un sesenta y nueve de manera apasionada, pero ahora esto sólo me provoca una absoluta indiferencia, sintiéndome profundamente desconsolado. Ellas están cumpliendo su parte del trato, pero mi pene no muestra el menor asomo de erección.

-Estáis haciéndolo de maravilla- les digo-.Continuad así.

Salgo de allí en dirección a mi dormitorio, donde cojo la pistola. La ocasión requiere silenciador. Vuelvo a la sala de estar y sin mediar palabra me acerco a ellas, vaciando el cargador sobre sus cuerpos.


 

8

Me encuentro en las inmediaciones de un parque, contemplando cómo se besa una pareja . Que sea un asesino no significa que no sea un romántico sin solución. Una de las cosas que más me gusta hacer es salir a la calle para observar a los enamorados, a los cuales no suelo matar; bastante tienen algunos con tirarse los trastos por la cabeza. Contemplarlos me inspira: es una buena manera de matar el tiempo cuando no tienes nada mejor que hacer y no te apetece matar a nadie. Resulta una visión tranquilizadora.

Ya sé que a ciertas personas les mata de envidia ver que hay por el mundo gente correspondida sentimentalmente, pero a mí me llena de optimismo. Y están por todas partes, me refiero a los enamorados, aunque sí, también los envidiosos. Volviendo a los primeros, si aún dudan de lo que digo, salgan a la calle, deténganse a observar con detenimiento a su alrededor y comprobarán que estoy en lo cierto; llenan las calles, dando en ocasiones la impresión de que hubiesen tomado el mundo. El aire está lleno de besos y promesas de amor y fidelidad eterna. Si sabes captar la sensación, si tus sentidos pueden recibirla, resulta algo increíble. Es algo que no tiene precio, impagable. Como habrán podido comprobar, no soy de ésos que piensan que el amor no sirve de nada en estos días. Personalmente, me parece algo genial, hasta el punto de que para mí el amor sería lo mejor, lo más grande de no existir el homicidio.

Nadie ocupa mi corazón en este momento. Mi última relación fue un absoluto desastre, pero poseo un espíritu optimista y me gusta pensar que la próxima será mejor. Por el momento, mientras espero a que llegue mi media naranja, o quién sabe si un nuevo fracaso sentimental, me conformo con observar la felicidad de los demás. Supongo que de alguna manera esto me convierte en un voyeur sentimental. Desde luego, observar a los enamorados es, con diferencia, muchísimo mejor que trabajar.

He sudado haciendo un montón de cosas distintas e inútiles: de reponedor en grandes superficies, desempeñando diversos trabajos en el gremio de la construcción, en una empresa de catering e incluso como empleado en una fábrica de fibras de vidrio, ¿y qué quieren que les diga? Todo aquello no fue sino una grandísima mierda. Tiempo después, en un arrebato de sentido común, escuché los sabios consejos familiares y opté por volver a estudiar, pues era ésta la mejor alternativa de cuantas se me presentaban. De modo que volví al instituto, y por cierto que no me fue nada mal, aunque de vez en cuando tuviera pequeños problemas como consecuencia de mi comportamiento ausente. Sin ir más lejos, les contaré un par de anécdotas a las que mis distracciones dieron pie en una misma mañana de clase. Sucedieron hace ya mucho, pero las recuerdo al detalle porque aquel día y el siguiente fueron salvajes hasta lo inolvidable.

La primera tuvo lugar en clase de literatura. En lugar de atender a la explicación de la profesora, una preciosidad rubia de piernas alucinantes, yo estaba concentradísimo en la escritura de un relato erótico -de no hacer eso seguramente hubiese estado admirando su culo perfecto- repleto de pasajes de alto voltaje. De pronto sonó el timbre anunciando el final de la clase. No me había enterado de nada, pero ésta había resultado de lo más fructífera en el plano creativo. Todos recogían sus cosas e iban de camino a las zonas de recreo. Me disponía a hacer lo mismo que el resto del estúpido ganado cuando ella se acercó a mi mesa con decisión.

-Un momento – comenzó.

-¿Es a mí? – pregunté yo, desentendiéndome de lo que intuía que se avecinaba.

-Sí, a usted. Tenemos que hablar.

-Usted dirá – dije yo, solícito.

- Hoy ha estado usted muy lejos de aquí.

- Australia, territorio indómito– respondí.

-No le he quitado ojo de encima durante toda la clase. Le he visto escribir, pero algo me dice que no tomaba apuntes, precisamente.

Opté por la sinceridad.

-Está usted en lo cierto.

-Sólo por curiosidad, ¿qué escribía?

- ¿De verdad quiere saberlo?

- ¿Cree que de no ser así se lo preguntaría?

- Veo que de verdad le interesa, así que responderé a su pregunta: escribía un relato.

- ¿Y de qué va?

- Sobre un par de adolescentes que se adentran en los misterios del sexo sin ayuda del género masculino.

- Interesante...

-No me atrevería a decir tanto

- ¿Y no cree que le convendría prestar más atención en tiempo de clase?

- Es posible, pero ni siquiera me lo había planteado.

- Entonces ¿por qué no procura poner más de su parte y deja sus aficiones literarias para el tiempo libre?

- ¿Qué quiere que le diga? Estaba en vena – le expliqué-. Inspirado. Y además estamos en clase de literatura. Usted debería alentar la creatividad de sus alumnos.

-No me pagan por alentar la creatividad de nadie. ¿Sería tan amable de permitirme echarle un vistazo a ese relato?

Oh, no...

- ¿Está usted interesada en las relaciones homosexuales? – le pregunté, mirándola fijamente a los ojos.

- No demasiado.

- ¿Por qué molestarse en leerlo, entonces?

- Porque me gustaría saber qué es usted capaz de escribir.

- Oh...Toda clase de vulgaridades.

- Aun así me gustaría leerlo –insistió.

- No puede imaginarse cuánto me halaga tanto interés por su parte, pero me temo que lo que me pide no es posible.

-¿Por qué? - preguntó, incisiva.

- Hay motivos de peso que lo impiden.

- ¿Podría explicarme cuáles son?

-Preferiría no hacerlo.
Bajo ningún concepto.

-Se trata de algo demasiado personal como para contarlo- expliqué, encogiéndome de hombros-.Y le aseguro que no tengo la menor necesidad de darle detalles.

-Está bien. Puede irse, pero procure prestar más atención la próxima vez.

-Descuide, no volverá a suceder.

 

9

La segunda anécdota se dio durante la clase de filosofía. La explicación de la profesora sobre los presocráticos no me interesaba lo más mínimo, por lo que decidí entretenerme haciendo un barquito de papel. Tan imbuido estaba en aquel acto de creatividad que no me percaté de que la muy hiena, infame y de personalidad aborrecible, acababa de pillarme in fraganti. En consecuencia, fui reprendido severamente ante el resto de la clase, y el barco no sólo fue incautado, sino aplastado además por las artríticas manos de aquella alimaña. “Espero que sea la última vez que le encuentro prestando tan poca atención”, me espetó , mientras por mi cabeza cruzaba la idea de cogerla por el pelo y estrellarla contra el encerado. Pero se suponía, y así debe ser siempre a ojos del resto del mundo, que yo era un ser civilizado que sabía dominar sus impulso. Se imponía el autocontrol. Tendría que conformarme, de momento, con desafiarla ante todos, que también sería divertido, aunque menos que coserla a puñaladas.

La clase prosiguió. No me inmuté y seguí con aquello con lo que había matado el tiempo hasta que aquella furcia con aspecto de reprimida sexual destruyera mi barquito. Acababa de cometer un error fatal. Yo ya la odiaba bastante, pero ahora lo hacía con gran intensidad. Era un ser de actitud deplorable, siempre a punto para humillar a los más débiles. Su principal problema era que yo nunca había pertenecido a tal grupo. Todos la detestaban, pero nadie parecía capaz de decir nada. Yo, directamente, la había ignorado desde principio de curso, pero acababa de captar de nuevo mi atención. La idea de ejecutarla bullía violentamente en mi cabeza, y si eso era lo que quería, desde luego tenía solución.

Lo que llegaba a clase cada mañana no era humano, sino una caricatura de algo que intentaba aparentarlo, casi un ultracuerpo. Demasiada rectitud y disciplina para mí, eso no puede ser saludable para nadie. Siempre aparecía con su cartera de piel bajo el brazo, el cuello estirado, la barbilla levemente alzada en un ridículo gesto de arrogancia; parecía que hubiese pasado una eternidad en un regimiento militar, sólo le faltaba marcar el paso y soltar una interminable retahíla de insultos. Aquel personaje me ponía al borde de la náusea y la carcajada a un mismo tiempo. Cada vez que la miraba no podía evitar imaginarla follándose a alguien, ataviada de cuero negro, fusta en mano y con un apropiado bigote hitleriano, aunque yo casi simpatizaba más con un deplorable genocida como Hitler que con aquella cosa que se ganaba la vida impartiendo clases, indigna incluso de una muerte lenta y dolorosa. Nada de tortura; aquella tía resultaba demasiado desagradable como para dedicarle el tiempo necesario para martirizar a alguien en condiciones y disfrutar con ello. Además, yo no acostumbraba a torturar a mis víctimas; había abandonado hacía tiempo tal práctica, y no haría una excepción con ella. Torturarla, aparte del infinito dolor que pudiese infligirle, no sería para mí sino una total pérdida de tiempo.

Cinco minutos más tarde aquel bicho con aspecto de padecer un estreñimiento crónico interrumpió por segunda vez su explicación para mirarme con verdadero encono. Estaba encendida. Me odiaba, podía notarlo perfectamente, y disfrutaba con ello. Seguramente pensaba que mi actitud respondía a un acto de provocación, a una demostración de insurgencia, lo que en efecto era, pues en ese momento había siete barquitos de papel sobre mi pupitre, un octavo en camino que terminé en sus propias narices. El aula se paralizó por completo. La tensión se transformó en una hoja de afeitar invisible que cortaba el ambiente lentamente y recreándose en el proceso. Cuando acabé, deposité el barquito lentamente sobre la superficie del pupitre, levanté la mirada, sonreí impúdicamente y, ante la increíble expectación suscitada, con mi voz más agradable dije:

-¿Ha visto, fräulein? Ahora tengo la flota entera.

Su actitud fue explosiva. Se dirigió a mi pupitre y destrozó uno a uno los barquitos, ciertamente furiosa. Me sentía inconmensurablemente feliz por haber logrado desquiciarla por completo. Acto continuo me envió de cabeza al despacho del director. Tras recibir la orden a gritos, salí del aula y me dirigí con tranquilidad a mi nuevo destino.

 

10

Llamé con los nudillos a la puerta del despacho del director, suavemente, y desde fuera escuché cómo éste decía “adelante”. Pasé al interior y le di los buenos días cortésmente, de manera agradable, casi sumisa,inocente.

-Buenos días- respondió con voz especialmente cordial; había tenido ocasión de escucharla otras veces, puesto que siempre, por algún motivo, acababa en aquel despacho. El director del centro, un hombre entrado ya en los sesenta y de aspecto afable, me invitó con desenfado a tomar asiento mientras yo cerraba la puerta. Intentaba hacer algo con un folio, alguna especie de extraña figurita, pero no debía de estar saliéndole nada bien, porque la arrojó tras de si con desdén, como dando su propósito por perdido. A continuación, centró toda su atención en mi persona, sentada ante la suya cómodamente .

-¿Y bien? – preguntó-.¿Qué le trae de nuevo por aquí?

Fui directo al asunto.

-La profesora de filosofía me ha enviado para que hable con usted.

-¿El motivo?

Le expliqué toda la historia, y una vez finalizada mi exposición de los hechos, me limité, qué remedio, a esperar su opinión.

-¿Podría usted definir su actitud? – me preguntó.

-Por supuesto – respondí yo- : ha sido del todo provocativa.

-Así pues, convendrá conmigo en reconocer que tal comportamiento representa un grave acto de insubordinación – decía todo esto mientras sonreía , como si lo que acababa de contarle le divirtiese de algún modo.

-Por supuesto, señor.

-Y ahora , ¿qué se supone que debo hacer?

- Lo que considere más apropiado, señor. Cumpla con su obligación –dije yo, y el director se mantuvo pensativo y en silencio durante unos segundos. ¿Qué podía pasarme? Solo eran barcos de papel, algo inofensivo. En ese momento, el director dijo algo que me sorprendió:

-Dígame, ¿es usted un aficionado a la papiroflexia, o sólo se dedica a perder el tiempo haciendo barquitos en clase? – me preguntó con obvio interés.

-No quisiera parecer presuntuoso, señor, pero en materia de papiroflexia no soy un simple aficionado; me considero un eminente experto, señor.

Abrió uno de sus cajones y extrajo de éste una malformada ,otra más, figura de papel.

- Llevo toda la mañana intentándolo, pero no hay manera: el dinosaurio no sale –confesó con cierta resignación y algo de disgusto en la mirada-. ¿Lo ve?

-Lo veo, señor.

-Pues es lo más parecido a un dinosaurio que he podido hacer. Debería ser un Rex, pero más bien parece... ¿Usted qué opina?

-Que eso que sostiene en su mano procede de algún lugar desconocido, a muchos años luz de aquí.

-¿Podría usted ayudarme?

-Cómo no, señor - respondí, servicial -; los dinosaurios no tienen secretos para mí.

Miró su reloj.

-Lo siento, joven -dijo mientras recogía sus cosas y las metía en la cartera con premura-, pero me temo que tendremos que aplazar la clase de papiroflexia para otra ocasión.

-Veo que tiene prisa, señor.

-Tengo que tomar un avión, y prefiero salir de aquí antes de que aparezca por aquí esa profesora que le aprecia tanto solicitando que le imponga un correctivo. Entre usted y yo: no puedo con ella. Y encima intenta constantemente ligar conmigo. ¿No le parece terrible?

-De estar en su lugar, señor, estaría aterrado. Consideraría seriamente la idea de huir a otro país, uno lejano de verdad.
Salimos de su despacho, nos despedimos y quedamos en que a su regreso tomaríamos café y retomaríamos la papiroflexia. Luego se largó corriendo por el pasillo, desapareciendo escaleras abajo. Me encendí un cigarro y comencé a pensar en qué haría mi apreciada froilain. Algo rápido y sencillo, y luego a casa. No me llevaría demasiado tiempo. Estaba preparado para hacerlo de nuevo. Con la maquinaria asesina en marcha, los motores de mi cerebro enfermo rugían con fuerza.

 

11

Estuve sentado pacíficamente en la cafetería del instituto sin hacer nada hasta que sonó el timbre. Subí a clase, recogí mis cosas y me largué. Estaba aburridísimo , y para aburrirme prefería hacerlo en casa. Allí al menos estaría tranquilo, sin tener que soportar el bullicio del centro, pues mi casa, mi pequeño refugio, probablemente sea el lugar más grato y tranquilo del mundo, ideal para el recogimiento y el descanso. Pero antes haría algo, había prioridades: asistir a una tutoría individual con mi apreciada fräulein, algo privado e informal, en su domicilio.

Justo a aquella hora terminaba su horario lectivo. La esperé fuera del instituto, lejos de su alcance visual. Seguramente había ido al despacho del director para contarle nuestro contencioso y tirarle de paso los tejos, pero no habría encontrado a nadie. Cuando salió del centro comencé a seguirla.

Caminé varias manzanas tras ella hasta verla entrar en un bloque del centro. El cierre de la portería estaba estropeado, facilitándome esto el acceso al edificio. Cuando entré, ella aún esperaba el ascensor. Se giró para ver quién había entrado. Al verme, obviamente por la sorpresa, el gesto despreciativo desapareció de su rostro. Quizá la sonrisa de loco desatado que mostré en aquel momento hizo que intuyera algo.

-¿Qué hace usted aquí? – preguntó con el rostro contraido de quien no entiende nada.

-Sólo una visita de cortesía, fräulein...

Saqué mi pistola y disparé sobre ella. Resultó maravilloso. Hacerlo me hizo sentir inmensamente feliz. Tras los disparos cayó al suelo. Un charco de sangre comenzó a crecer bajo su cuerpo. Sólo por el placer de contemplar aquella estampa, el crimen ya había valido la pena. Fue un momento sensacional, emocionante e intenso, un nuevo paso en la historia de las actividades extraescolares.
Se acabó el flashback.

 

12

Con dos lesbianas muertas en mi sofá y no siendo el mejor momento para deshacerse de los cuerpos, tomo la decisión de que una mañana tan lúdica no puede terminar aquí. Nunca me conformo fácilmente y siempre necesito más. Si bien fue cierto odio lo que me llevó a asesinar a la froilain, esto no es del todo necesario con tal de poner fin a la vida de alguien; el simple hecho de obtener una diversión rápida es en sí suficiente para ello. Por eso entro en uno de los bloques colindantes y espero oculto en las escaleras a que aparezca mi siguiente distracción criminal. Un asesinato no siempre debe ser producto de una premeditada operación, también puede tratarse de algo improvisado.

No tarda en llegar una mujer joven. Me parece perfecta para la ocasión, no dudando en sustraerla de su anodina rutina para mi solaz. La apunto con la pistola, advirtiéndole que mantenga la boca cerrada si no quiere sufrir innecesariamente. Es atractiva y el miedo le otorga una belleza conmovedora.

Subimos a su domicilio y le pregunto si hay alguien dentro. Necesito saberlo, porque de ser así las cosas pueden complicarse. Intento ser claro:

-No voy a someterte a interrogatorio. Tan sólo quiero advertirte de que si hay alguien ahí dentro y me mientes, morirá. Sea quien sea. ¿Lo has entendido? – se lo repito de nuevo-. Dispararé.

- Vivo sola – responde angustiada-. Le juro que estoy diciendo la verdad.

- Te creo. Ahora abre la puerta.

Hace lo que le ordeno y pasamos al interior. Llora, suplicando que no la viole, lo cual no entra en mis planes. La chica comienza a deslizarse rápidamente por el negro abismo de la histeria, y uno sesión de gritoterapia es lo último que me apetece en este momento. Para tranquilizarla le lanzo un directo a la cara, derribándola, y ya en el suelo le doy una patada en el estómago.

Todavía no sé cómo matarla. Lo único que tengo claro es que lo haré, que se acerca el número especial, la sensación fuerte. Una vez capturé a una vieja y me limité a meterle la pistola por la vagina y disparar una y otra vez hasta vaciar el cargador. Podría haber hecho lo mismo con la mujer que ahora mismo enloquece lentamente ante mí, pero el método no me dejó buen sabor de boca. Regreso a la entrada, donde ella permanece en el suelo, quejándose lastimosamente, con los brazos agarrados al vientre con fuerza. Mientras me mira aterrada, saco un rollo de cinta aislante y sello su boca, por si se le ocurre organizar un escándalo. La abofeteo suavemente. Es fácil percibir en su mirada el terrible sentimiento de humillación. Me siento a ahorcajadas sobre su cuerpo, saco mi navaja automática y acciono el resorte. Luego acerquo la hoja, que brilla con una intensidad sólo comparable a la que poseen los momentos de verdadera inspiración, a su rostro. Comienza a gemir ahogadamente y a moverse con violencia, pero subsano la molestia con un segundo puñetazo en el rostro, para luego comenzar a golpearle la cara, lentamente pero con consistencia, recreándome con cada nuevo y brutal golpe. Al final, donde una vez hubo una cara no queda sino una masa sanguinolenta, irreconocible, que aún respiraba. Me pongo en pie, piso su cabeza varias veces y luego salto sobre su garganta, aplastándola. Cuando termino, los ojos amoratados están fuera de órbita. Antes de irme contemplo el cadáver con detenimiento. Su aspecto me diverte extrañamente, a pesar de ser consciente de que lo que acabo de hacer no tiene la menor gracia.

 

13

Viernes noche y recorro las calles hasta llegar a uno de los tantos centros de agitación al que los jóvenes acuden a divertirse los fines de semana. Entro sin dudarlo en el primer local que encuentro. Abundan la ebriedad, el salvajismo y la más pura inconsciencia. Un montón de víctimas potenciales bailando ante mí. Ya estoy inmerso en la desengañada masa juvenil que tan ajena me ha sido siempre. Ahora sólo falta elegir. Precisamente en este mismo club ya llevé a cabo la misma operación que utilicé con la pareja de lesbianas, en esa ocasión con una quinceañera preciosa. Le ofrecí dinero y accedió a pasar la noche conmigo. En mi casa tomamos algo, charlamos un rato, ella me contó su vida - ¿por qué siempre son tan aburridas las vidas de los demás?- y luego mantuvimos relaciones sexuales durante un par de horas. Cuando acabamos, ella se encontraba agotada, momento que aproveché para matarla. Comencé a besarle el cuello y luego lo mordí con fuerza. Ella forcejeó inútilmente. Le arranqué de un bocado la yugular. Se me ocurrió que podría resultar divertido matarla en ese plan, por variar un poco el repertorio de mutilaciones. Su cuello se convirtió en un auténtico surtidor de sangre. Mientras seguía consciente la solté para jugar con ella. Me apetecía ver cómo intentaba huir, salpicándolo todo a su paso mientras intentaba detener la sangre, cubriéndose inútilmente el cuello con las manos. Me tiré sobre ella y seguí mordiendo. Logré arrancarle un fragmento del pecho izquierdo de una sola dentellada. Perdió el conocimiento y dejé que se desangrase. Hacer esto es increíblemente sencillo. No hay normas. No hay reglas al respecto. No hay límites. Puedes utilizar lo que te apetezca para acabar con tu víctima, ya sea ella o él, porque también me he cargado a un montón de maricas a los que con la excusa del reclamo sexual no me costó llevar a mi terreno. El único objetivo es matar, y cuando se trata de eso todo, absolutamente todo vale. Respecto al dinero siempre acabas recuperándolo.

A mi alrededor la actividad es frenética. Allí donde uno mira encuentra chicas bonitas, con lo que la elección se convierte en una dificultad añadida; son todas tan atractivas que me cuesta decidirme por una en particular. Tampoco es necesario elegir inmediatamente y pienso que puedo permitirme el lujo de tomármelo con calma; queda mucha noche por delante.

Esto está lleno de homosexuales de todos los colores. Un tío que lleva siguiéndome con la mirada desde que entré por la puerta viene hacia mí y comienza a insinuarse bailando de manera sugerente, guiñándome el ojo y pasándose la lengua por los labios, moviéndola obscenamente. Una prímula decadente ofreciendo un espectáculo asqueroso lamentable. De sentirme con el humor necesario me lo llevaría a casa y lo haría tiras, pero no será esta noche. Por otro lado, el ambiente resulta tan monótono a pesar del jaleo que comienzo a sentirme desmoralizado, a sumergirme en un repentino bajón de ánimo causado por la visión de tanta estupidez. Estoy en un sitio apestoso, rodeado de maniquíes moviéndose al ritmo de la música epilépticamente. Desinteresado, paso de la observación y búsqueda al pensamiento más introspectivo mientras continuo en movimiento gracias a una suerte de piloto automático biológico. Encontrar en este momento a un conocido de los viejos tiempos me recupera de la alienación deliberada a la que previamente he cedido. Hay un abrazo fuerte y sincero e intentamos hablar, pero este sitio es demasiado ruidoso para hacerlo, de modo que salimos afuera.

¡Menuda sorpresa! No he visto a este tío desde los primeros años de instituto. Intercambiamos unas cuantas palabras para romper el hielo, lo típico. No le cuento nada importante sobre mí. Dejo que hable, yo escucho con atención. Si bien no es una felicidad pasmosa la suya, sí parece haberse desplazado al extremo opuesto de aquel desencanto que años atrás tan fiel le había sido. Durante el tiempo en que no nos vimos me pregunté alguna vez qué habría sido de él, de aquel marginado a quien por principios siempre protegía del acoso de las fieras. Pero el mundo no se lo ha comido y se le ve mejor que nunca. Es alguien totalmente distinto. Detecto en su comportamiento que el muchacho apocado que conservaba en mi memoria ha desaparecido por completo, llevándose consigo aquel desolador gesto de tristeza que en tantas ocasiones he recordado. Me cuenta muchísimas cosas, cosas buenas de las que de verdad me alegro. Parece feliz. Ya no arrastraba el lastre de aquella vida difícil que tanto le marcó en el pasado. Según me explica, la mejora personal debe atribuirse al efecto benéfico que sobre él ejerce una diosa a la que poco más de un año atrás tuvo fortuna de conocer. No miente: de sus palabras se desprende el aprecio sincero que siente por ella, una mujer en quien ha encontrado una comprensión hasta entonces desconocida para su persona. Es obvio que descubrirla le ha supuesto un feliz acontecimiento; con su afecto, esa mujer le ha devuelto la sonrisa e impedido caer en la desesperanza sin solución. Buena historia. Me apetece de verdad escuchar más acerca de lo suyo, pero el afortunado mira de pronto su reloj . Llega tarde; el ángel del que me ha hablado le esperaba en alguna parte. Intercambiamos teléfonos y tras despedirnos con otro abrazo desaparece a la carrera entre el los estúpidos maniquíes. Lástima que se haya largado tan rápido, porque estaba empezando a encontrar la conversación de lo más interesante. Todos los detalles que me haba contado de la chica con la que sale me han seducido, así como el modo en que la historia de amor fructificó. Sus justificadas prisas me han dejado con ganas de saber más al respecto. Ese chico está enamorado de verdad, y durante unos segundos me alegro por él.

Es increíble de qué modo cambian algunas personas, sobre todo cuando lo hacen a mejor, algo que no suele darse con frecuencia. Si pensáis en ello veréis que no me falta razón: al final, casi todo el mundo acaba empeorando. Es difícil mejorar, ser alguien bueno. En estos tiempos que corren, principios como la honestidad o el sentido de la amistad están totalmente devaluados. Imperan los peores instintos. Salvo contadas excepciones, la gente no es de fiar. Soy consciente de que tal afirmación es terrible, pero en este momento de mi vida no tengo motivos para cambiar de opinión. En cualquier caso, encontrarme a tipos como aquel despiertan en mí cierto atisbo de esperanza.

Por aquí la gente se está exaltando por momentos. Un mal ambiente. Nada de este lugar, ni siquiera las hembras más radiantes, me atrae lo más mínimo, por lo que decido iniciar el camino de regreso a casa. Para aquella noche había programado practicar algún descuartizamiento, pero mejor posponer tan edificante actividad para mejor ocasión. Además, mis apetito criminal parece ausente. Mientras camino pienso en que una de mis sospechas recurrentes ha vuelto a constatarse una vez más: tarde o temprano, cuando menos lo esperas, tropiezas con tu milagro particular, y aquel antiguo compañero de instituto había dado con el suyo. Me pregunto si alguna vez encontraré yo el mío, cuestión que sólo contribuye a deprimirme más todavía. Seguramente sucede que no me esfuerzo demasiado. No importa, prefiero no pensar en ello.

De pronto, cuando todo parece perdido, localizo a quien será mi siguiente víctima: varón, complexión normal, unos cuarenta y cinco años, y acaba de detenerse en el camino para atarse un zapato. Se encuentra a unos diez metros de mí. Cubro la distancia moviéndome rápida y silenciosamente, y justo cuando se dispone a retomar la marcha hundo la hoja de mi navaja automática en su espalda. Luego se la clavo en el cuello un número de veces indeterminado y la sangre me ciega por completo. Mientras el elegido de la noche sigue en pie le doy la vuelta para atravesarle el corazón, retorciendo mi herramienta en su interior lentamente. Cuando la extraigo cae fiambre al suelo. Observo el cadáver unos segundos y a continuación respiro con facilidad el aire fresco de esta noche tan extraña. Ha sido sensacional. El ejercicio del homicidio me satisface plenamente, y cada nuevo asesinato contribuye a conocer mejor lo que sin duda es ya una pasión desmedida. Pero seguramente ustedes no están entendiendo nada de cuanto les cuento. No importa.



 

14

Ignoro cómo lo he hecho, pero cuando lleguo a casa me doy cuenta de que mi ropa está completamente limpia. Ni una gota de sangre tras ensañarme con aquel pobre desgraciado. Me pregunto si esto se debe acaso a que con el tiempo he adquirido tablas. Indudablemente es así y me alegró de no tener que poner la lavadora, porque las tareas domésticas nunca han sido mi fuerte. Aún impresionado por mi ropa inmaculada, me dirijo al dormitorio mientras me quito la chaqueta, dejándola por cualquier parte. La euforia del momento cumbre de la noche se ha disipado. Aunque al principio me cuesta bastante decidirme por un disco finalmente pongo algo en el cd, apago las luces y me dejo caer sobre la cama. El Brass In Pocket de The Pretenders ya me ayuda a conciliar el sueño cuando entonces suena el supletorio. No me apetece contestar, pero la curiosidad me vence y acabo descolgando el auricular. Encuentro al otro lado de la línea a una mujer de la que una vez estuve perdidamente enamorado, y mentiría si no dijese que estoy sorprendido por lo inesperado de la llamada. Al parecer su novio la ha dejado y necesita hablar con alguien, por lo que esta noche me ha elegido a mí. Seguramente ha marcado mi número a estas horas porque no tiene nadie más a quien recurrir, pero no me importa ser su última opción. Son ya más de las dos de la mañana y no me apetece volver a salir, pero aún estoy medio vestido y además me parece la ocasión ideal para intentar algo con ella. Inmediatamente estoy más que predispuesto a brindarle todo mi apoyo y atención. Ella está en un momento muy frágil, perfecto para mi improvisado propósito. No me costaría asistirla emocionalmente, aunque lo que de verdad deseo es hacerlo sexualmente. Una bajeza por mi parte, pero siempre he sido partidario de aprovechar una buena ocasión, y ésta lo es, una de las que no suelen darse en varias vidas. Planeando mi indigna pero funcional maniobra me siento de repente extraordinariamente solidario.

 

15

Cuando me abre la puerta de su casa y se lanza a mis brazos llorando creo comprender la gravedad del asunto. Nos abrazamos. Es un abrazo efusivo que despierta en mi pene un primer reflejo de erección, y aunque estoy aquí estrictamente por interés el momento me parece bastante triste. No es que empatice con su problema como para acompañarla en el llanto, pero sí me sabe mal verla así, tan abatida.

La gente se empareja despreocupadamente y luego se separa a los dos días de la peor manera. Por supuesto que existen excepciones, pero son casos aislados. No es que intente pontificar sobre el modo en que se debe elegir pareja, pero el personal se toma el amor demasiado a la ligera, y las cosas no son tan sencillas como eso. Hablo con conocimiento de causa; tampoco yo he dado con la pareja adecuada. Ya sabéis que para mí el amor es algo grande, pero no podemos obviar cierto efecto colateral que se da con inusitada frecuencia y en el que pocos reparan cuando se enamoran: el amor puede ser terriblemente doloroso, un arma de doble filo. Así que cuando la veo llorar de ese modo pienso que una de las características más acusadas del ser humano es su increíble capacidad para complicarse la vida.

Cuando al fin se calma nos sentamos en el sofá y tomamos café mientras ella me cuenta su decepción amorosa y yo intento aparentar comprensión. En este momento está convencida de que soy la única persona sobre la superficie del planeta capaz de comprenderla, y de hecho es así; por extraño que pueda parecer me siento plenamente identificado con lo que le sucede. Por un momento, sin desconectarme del todo de la conversación, comienzo a fantasear con lo que puede llegar a suceder si llevo a la perfección mi plan hasta las últimas consecuencias. Una fantasía encantadora, pero que, aún siendo factible, prefiero no materializar por la vía inicialmente elegida. Puede que sea capaz de cometer atrocidades formidables sin que apenas se me altere el ritmo cardíaco, pero no de jugar con los sentimientos de alguien por quien siempre he sentido algo tan especial. Aborto de inmediato el plan –y no, no pienso contarlo-. Luego, cuando ya he apartado del todo la idea de acostarme con ella, vuelvo a comprobar una vez más cómo en esta vida algunas cosas llegan por sí mismas cuando menos te lo esperas. Pero al final vuelve a suceder lo de siempre y quince minutos después salgo de allí dejando atrás otro hermoso cadáver.

 

16

Paso por casa para recoger varias cosas, algunos de los utensilios que utilizo en mis quehaceres. Pistola y munición, la navaja automática, guantes de piel, todo cuanto necesito para ser feliz. Me planto frente al espejo y ensayo mi rostro más amable. Estoy listo para volver a empezar, incluso tengo víctima en perspectiva: la adorable jovencita del tercero. Tiene dieciséis años y es preciosa. Empieza las clases a las ocho en punto de la mañana, en mi reloj son las siete y veinte. He llegado a casa justo a tiempo para dar inicio a una nueva y emocionante función. Me siento excitado, emocionado por lo que voy a hacer, tanto que ya ni me acuerdo de lo buena que ha sido la noche anterior. Estoy literalmente concentrado en lo que vendrá a continuación. Guardo mis herramientas en una bolsa deportiva y me pongo los guantes. Sé que hoy será una jornada frenética y necesito descargar todo este entusiasmo antes de estallar. Lo que me sucede tiene un nombre: un ataque de pasión impostergable por asesinar.

Salgo de casa y espero pacientemente en el descansillo posterior al tercer piso. Diez minutos más tarde aparece mi víctima, a la que observo sin que advierta mi presencia. A punto de irse, se detiene antes de tomar el ascensor, volviendo a entrar en casa con gesto de estar pensando en lo despistada que puede llegar a ser en ocasiones. Deja la mochila en el suelo, saca las llaves y pasa al interior del domicilio familiar. Instantes más tarde vuelve a aparecer con un cuaderno entre manos. Cierra la puerta con cuidado, recoge su mochila y se dirige de nuevo en dirección al ascensor. Me abalanzo sobre ella, rodeo su largo y blanco cuello con mis manos y comienzo a asfixiarla mientras ella intenta con todas sus fuerzas desquitarse de mí. Pero le es imposible. El cuaderno y la mochila caen al suelo mientras aprieto sin asomo de compasión. Mientras muere, casi puedo sentir cómo su vida se escapa entre mis manos y el descubrimiento me hace sonreír involuntariamente. Una vez muerta entre mis manos, recojo sus cosas del suelo y la arrastro conmigo hasta la puerta que abro con sus propias llaves. Entro el cadáver con gran cuidado y cierro con suavidad, con cuidado de no hacer ruido. En el interior descubro que el resto de la familia aún duerme y celebré el hallazgo casi frotándome las manos. Me pongo los cascos del discman. Saco el hacha de la bolsa deportiva y continúo con ellos mientras suena el Love Will Tear Us Apart de los Joy Division. Me encanta esta canción.

This page is powered by Blogger. Isn't yours?