Tuesday, January 11, 2005

 

10

Llamé con los nudillos a la puerta del despacho del director, suavemente, y desde fuera escuché cómo éste decía “adelante”. Pasé al interior y le di los buenos días cortésmente, de manera agradable, casi sumisa,inocente.

-Buenos días- respondió con voz especialmente cordial; había tenido ocasión de escucharla otras veces, puesto que siempre, por algún motivo, acababa en aquel despacho. El director del centro, un hombre entrado ya en los sesenta y de aspecto afable, me invitó con desenfado a tomar asiento mientras yo cerraba la puerta. Intentaba hacer algo con un folio, alguna especie de extraña figurita, pero no debía de estar saliéndole nada bien, porque la arrojó tras de si con desdén, como dando su propósito por perdido. A continuación, centró toda su atención en mi persona, sentada ante la suya cómodamente .

-¿Y bien? – preguntó-.¿Qué le trae de nuevo por aquí?

Fui directo al asunto.

-La profesora de filosofía me ha enviado para que hable con usted.

-¿El motivo?

Le expliqué toda la historia, y una vez finalizada mi exposición de los hechos, me limité, qué remedio, a esperar su opinión.

-¿Podría usted definir su actitud? – me preguntó.

-Por supuesto – respondí yo- : ha sido del todo provocativa.

-Así pues, convendrá conmigo en reconocer que tal comportamiento representa un grave acto de insubordinación – decía todo esto mientras sonreía , como si lo que acababa de contarle le divirtiese de algún modo.

-Por supuesto, señor.

-Y ahora , ¿qué se supone que debo hacer?

- Lo que considere más apropiado, señor. Cumpla con su obligación –dije yo, y el director se mantuvo pensativo y en silencio durante unos segundos. ¿Qué podía pasarme? Solo eran barcos de papel, algo inofensivo. En ese momento, el director dijo algo que me sorprendió:

-Dígame, ¿es usted un aficionado a la papiroflexia, o sólo se dedica a perder el tiempo haciendo barquitos en clase? – me preguntó con obvio interés.

-No quisiera parecer presuntuoso, señor, pero en materia de papiroflexia no soy un simple aficionado; me considero un eminente experto, señor.

Abrió uno de sus cajones y extrajo de éste una malformada ,otra más, figura de papel.

- Llevo toda la mañana intentándolo, pero no hay manera: el dinosaurio no sale –confesó con cierta resignación y algo de disgusto en la mirada-. ¿Lo ve?

-Lo veo, señor.

-Pues es lo más parecido a un dinosaurio que he podido hacer. Debería ser un Rex, pero más bien parece... ¿Usted qué opina?

-Que eso que sostiene en su mano procede de algún lugar desconocido, a muchos años luz de aquí.

-¿Podría usted ayudarme?

-Cómo no, señor - respondí, servicial -; los dinosaurios no tienen secretos para mí.

Miró su reloj.

-Lo siento, joven -dijo mientras recogía sus cosas y las metía en la cartera con premura-, pero me temo que tendremos que aplazar la clase de papiroflexia para otra ocasión.

-Veo que tiene prisa, señor.

-Tengo que tomar un avión, y prefiero salir de aquí antes de que aparezca por aquí esa profesora que le aprecia tanto solicitando que le imponga un correctivo. Entre usted y yo: no puedo con ella. Y encima intenta constantemente ligar conmigo. ¿No le parece terrible?

-De estar en su lugar, señor, estaría aterrado. Consideraría seriamente la idea de huir a otro país, uno lejano de verdad.
Salimos de su despacho, nos despedimos y quedamos en que a su regreso tomaríamos café y retomaríamos la papiroflexia. Luego se largó corriendo por el pasillo, desapareciendo escaleras abajo. Me encendí un cigarro y comencé a pensar en qué haría mi apreciada froilain. Algo rápido y sencillo, y luego a casa. No me llevaría demasiado tiempo. Estaba preparado para hacerlo de nuevo. Con la maquinaria asesina en marcha, los motores de mi cerebro enfermo rugían con fuerza.

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