Tuesday, January 11, 2005

 

12

Con dos lesbianas muertas en mi sofá y no siendo el mejor momento para deshacerse de los cuerpos, tomo la decisión de que una mañana tan lúdica no puede terminar aquí. Nunca me conformo fácilmente y siempre necesito más. Si bien fue cierto odio lo que me llevó a asesinar a la froilain, esto no es del todo necesario con tal de poner fin a la vida de alguien; el simple hecho de obtener una diversión rápida es en sí suficiente para ello. Por eso entro en uno de los bloques colindantes y espero oculto en las escaleras a que aparezca mi siguiente distracción criminal. Un asesinato no siempre debe ser producto de una premeditada operación, también puede tratarse de algo improvisado.

No tarda en llegar una mujer joven. Me parece perfecta para la ocasión, no dudando en sustraerla de su anodina rutina para mi solaz. La apunto con la pistola, advirtiéndole que mantenga la boca cerrada si no quiere sufrir innecesariamente. Es atractiva y el miedo le otorga una belleza conmovedora.

Subimos a su domicilio y le pregunto si hay alguien dentro. Necesito saberlo, porque de ser así las cosas pueden complicarse. Intento ser claro:

-No voy a someterte a interrogatorio. Tan sólo quiero advertirte de que si hay alguien ahí dentro y me mientes, morirá. Sea quien sea. ¿Lo has entendido? – se lo repito de nuevo-. Dispararé.

- Vivo sola – responde angustiada-. Le juro que estoy diciendo la verdad.

- Te creo. Ahora abre la puerta.

Hace lo que le ordeno y pasamos al interior. Llora, suplicando que no la viole, lo cual no entra en mis planes. La chica comienza a deslizarse rápidamente por el negro abismo de la histeria, y uno sesión de gritoterapia es lo último que me apetece en este momento. Para tranquilizarla le lanzo un directo a la cara, derribándola, y ya en el suelo le doy una patada en el estómago.

Todavía no sé cómo matarla. Lo único que tengo claro es que lo haré, que se acerca el número especial, la sensación fuerte. Una vez capturé a una vieja y me limité a meterle la pistola por la vagina y disparar una y otra vez hasta vaciar el cargador. Podría haber hecho lo mismo con la mujer que ahora mismo enloquece lentamente ante mí, pero el método no me dejó buen sabor de boca. Regreso a la entrada, donde ella permanece en el suelo, quejándose lastimosamente, con los brazos agarrados al vientre con fuerza. Mientras me mira aterrada, saco un rollo de cinta aislante y sello su boca, por si se le ocurre organizar un escándalo. La abofeteo suavemente. Es fácil percibir en su mirada el terrible sentimiento de humillación. Me siento a ahorcajadas sobre su cuerpo, saco mi navaja automática y acciono el resorte. Luego acerquo la hoja, que brilla con una intensidad sólo comparable a la que poseen los momentos de verdadera inspiración, a su rostro. Comienza a gemir ahogadamente y a moverse con violencia, pero subsano la molestia con un segundo puñetazo en el rostro, para luego comenzar a golpearle la cara, lentamente pero con consistencia, recreándome con cada nuevo y brutal golpe. Al final, donde una vez hubo una cara no queda sino una masa sanguinolenta, irreconocible, que aún respiraba. Me pongo en pie, piso su cabeza varias veces y luego salto sobre su garganta, aplastándola. Cuando termino, los ojos amoratados están fuera de órbita. Antes de irme contemplo el cadáver con detenimiento. Su aspecto me diverte extrañamente, a pesar de ser consciente de que lo que acabo de hacer no tiene la menor gracia.

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