Tuesday, January 11, 2005

 

13

Viernes noche y recorro las calles hasta llegar a uno de los tantos centros de agitación al que los jóvenes acuden a divertirse los fines de semana. Entro sin dudarlo en el primer local que encuentro. Abundan la ebriedad, el salvajismo y la más pura inconsciencia. Un montón de víctimas potenciales bailando ante mí. Ya estoy inmerso en la desengañada masa juvenil que tan ajena me ha sido siempre. Ahora sólo falta elegir. Precisamente en este mismo club ya llevé a cabo la misma operación que utilicé con la pareja de lesbianas, en esa ocasión con una quinceañera preciosa. Le ofrecí dinero y accedió a pasar la noche conmigo. En mi casa tomamos algo, charlamos un rato, ella me contó su vida - ¿por qué siempre son tan aburridas las vidas de los demás?- y luego mantuvimos relaciones sexuales durante un par de horas. Cuando acabamos, ella se encontraba agotada, momento que aproveché para matarla. Comencé a besarle el cuello y luego lo mordí con fuerza. Ella forcejeó inútilmente. Le arranqué de un bocado la yugular. Se me ocurrió que podría resultar divertido matarla en ese plan, por variar un poco el repertorio de mutilaciones. Su cuello se convirtió en un auténtico surtidor de sangre. Mientras seguía consciente la solté para jugar con ella. Me apetecía ver cómo intentaba huir, salpicándolo todo a su paso mientras intentaba detener la sangre, cubriéndose inútilmente el cuello con las manos. Me tiré sobre ella y seguí mordiendo. Logré arrancarle un fragmento del pecho izquierdo de una sola dentellada. Perdió el conocimiento y dejé que se desangrase. Hacer esto es increíblemente sencillo. No hay normas. No hay reglas al respecto. No hay límites. Puedes utilizar lo que te apetezca para acabar con tu víctima, ya sea ella o él, porque también me he cargado a un montón de maricas a los que con la excusa del reclamo sexual no me costó llevar a mi terreno. El único objetivo es matar, y cuando se trata de eso todo, absolutamente todo vale. Respecto al dinero siempre acabas recuperándolo.

A mi alrededor la actividad es frenética. Allí donde uno mira encuentra chicas bonitas, con lo que la elección se convierte en una dificultad añadida; son todas tan atractivas que me cuesta decidirme por una en particular. Tampoco es necesario elegir inmediatamente y pienso que puedo permitirme el lujo de tomármelo con calma; queda mucha noche por delante.

Esto está lleno de homosexuales de todos los colores. Un tío que lleva siguiéndome con la mirada desde que entré por la puerta viene hacia mí y comienza a insinuarse bailando de manera sugerente, guiñándome el ojo y pasándose la lengua por los labios, moviéndola obscenamente. Una prímula decadente ofreciendo un espectáculo asqueroso lamentable. De sentirme con el humor necesario me lo llevaría a casa y lo haría tiras, pero no será esta noche. Por otro lado, el ambiente resulta tan monótono a pesar del jaleo que comienzo a sentirme desmoralizado, a sumergirme en un repentino bajón de ánimo causado por la visión de tanta estupidez. Estoy en un sitio apestoso, rodeado de maniquíes moviéndose al ritmo de la música epilépticamente. Desinteresado, paso de la observación y búsqueda al pensamiento más introspectivo mientras continuo en movimiento gracias a una suerte de piloto automático biológico. Encontrar en este momento a un conocido de los viejos tiempos me recupera de la alienación deliberada a la que previamente he cedido. Hay un abrazo fuerte y sincero e intentamos hablar, pero este sitio es demasiado ruidoso para hacerlo, de modo que salimos afuera.

¡Menuda sorpresa! No he visto a este tío desde los primeros años de instituto. Intercambiamos unas cuantas palabras para romper el hielo, lo típico. No le cuento nada importante sobre mí. Dejo que hable, yo escucho con atención. Si bien no es una felicidad pasmosa la suya, sí parece haberse desplazado al extremo opuesto de aquel desencanto que años atrás tan fiel le había sido. Durante el tiempo en que no nos vimos me pregunté alguna vez qué habría sido de él, de aquel marginado a quien por principios siempre protegía del acoso de las fieras. Pero el mundo no se lo ha comido y se le ve mejor que nunca. Es alguien totalmente distinto. Detecto en su comportamiento que el muchacho apocado que conservaba en mi memoria ha desaparecido por completo, llevándose consigo aquel desolador gesto de tristeza que en tantas ocasiones he recordado. Me cuenta muchísimas cosas, cosas buenas de las que de verdad me alegro. Parece feliz. Ya no arrastraba el lastre de aquella vida difícil que tanto le marcó en el pasado. Según me explica, la mejora personal debe atribuirse al efecto benéfico que sobre él ejerce una diosa a la que poco más de un año atrás tuvo fortuna de conocer. No miente: de sus palabras se desprende el aprecio sincero que siente por ella, una mujer en quien ha encontrado una comprensión hasta entonces desconocida para su persona. Es obvio que descubrirla le ha supuesto un feliz acontecimiento; con su afecto, esa mujer le ha devuelto la sonrisa e impedido caer en la desesperanza sin solución. Buena historia. Me apetece de verdad escuchar más acerca de lo suyo, pero el afortunado mira de pronto su reloj . Llega tarde; el ángel del que me ha hablado le esperaba en alguna parte. Intercambiamos teléfonos y tras despedirnos con otro abrazo desaparece a la carrera entre el los estúpidos maniquíes. Lástima que se haya largado tan rápido, porque estaba empezando a encontrar la conversación de lo más interesante. Todos los detalles que me haba contado de la chica con la que sale me han seducido, así como el modo en que la historia de amor fructificó. Sus justificadas prisas me han dejado con ganas de saber más al respecto. Ese chico está enamorado de verdad, y durante unos segundos me alegro por él.

Es increíble de qué modo cambian algunas personas, sobre todo cuando lo hacen a mejor, algo que no suele darse con frecuencia. Si pensáis en ello veréis que no me falta razón: al final, casi todo el mundo acaba empeorando. Es difícil mejorar, ser alguien bueno. En estos tiempos que corren, principios como la honestidad o el sentido de la amistad están totalmente devaluados. Imperan los peores instintos. Salvo contadas excepciones, la gente no es de fiar. Soy consciente de que tal afirmación es terrible, pero en este momento de mi vida no tengo motivos para cambiar de opinión. En cualquier caso, encontrarme a tipos como aquel despiertan en mí cierto atisbo de esperanza.

Por aquí la gente se está exaltando por momentos. Un mal ambiente. Nada de este lugar, ni siquiera las hembras más radiantes, me atrae lo más mínimo, por lo que decido iniciar el camino de regreso a casa. Para aquella noche había programado practicar algún descuartizamiento, pero mejor posponer tan edificante actividad para mejor ocasión. Además, mis apetito criminal parece ausente. Mientras camino pienso en que una de mis sospechas recurrentes ha vuelto a constatarse una vez más: tarde o temprano, cuando menos lo esperas, tropiezas con tu milagro particular, y aquel antiguo compañero de instituto había dado con el suyo. Me pregunto si alguna vez encontraré yo el mío, cuestión que sólo contribuye a deprimirme más todavía. Seguramente sucede que no me esfuerzo demasiado. No importa, prefiero no pensar en ello.

De pronto, cuando todo parece perdido, localizo a quien será mi siguiente víctima: varón, complexión normal, unos cuarenta y cinco años, y acaba de detenerse en el camino para atarse un zapato. Se encuentra a unos diez metros de mí. Cubro la distancia moviéndome rápida y silenciosamente, y justo cuando se dispone a retomar la marcha hundo la hoja de mi navaja automática en su espalda. Luego se la clavo en el cuello un número de veces indeterminado y la sangre me ciega por completo. Mientras el elegido de la noche sigue en pie le doy la vuelta para atravesarle el corazón, retorciendo mi herramienta en su interior lentamente. Cuando la extraigo cae fiambre al suelo. Observo el cadáver unos segundos y a continuación respiro con facilidad el aire fresco de esta noche tan extraña. Ha sido sensacional. El ejercicio del homicidio me satisface plenamente, y cada nuevo asesinato contribuye a conocer mejor lo que sin duda es ya una pasión desmedida. Pero seguramente ustedes no están entendiendo nada de cuanto les cuento. No importa.



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