Tuesday, January 11, 2005

 

15

Cuando me abre la puerta de su casa y se lanza a mis brazos llorando creo comprender la gravedad del asunto. Nos abrazamos. Es un abrazo efusivo que despierta en mi pene un primer reflejo de erección, y aunque estoy aquí estrictamente por interés el momento me parece bastante triste. No es que empatice con su problema como para acompañarla en el llanto, pero sí me sabe mal verla así, tan abatida.

La gente se empareja despreocupadamente y luego se separa a los dos días de la peor manera. Por supuesto que existen excepciones, pero son casos aislados. No es que intente pontificar sobre el modo en que se debe elegir pareja, pero el personal se toma el amor demasiado a la ligera, y las cosas no son tan sencillas como eso. Hablo con conocimiento de causa; tampoco yo he dado con la pareja adecuada. Ya sabéis que para mí el amor es algo grande, pero no podemos obviar cierto efecto colateral que se da con inusitada frecuencia y en el que pocos reparan cuando se enamoran: el amor puede ser terriblemente doloroso, un arma de doble filo. Así que cuando la veo llorar de ese modo pienso que una de las características más acusadas del ser humano es su increíble capacidad para complicarse la vida.

Cuando al fin se calma nos sentamos en el sofá y tomamos café mientras ella me cuenta su decepción amorosa y yo intento aparentar comprensión. En este momento está convencida de que soy la única persona sobre la superficie del planeta capaz de comprenderla, y de hecho es así; por extraño que pueda parecer me siento plenamente identificado con lo que le sucede. Por un momento, sin desconectarme del todo de la conversación, comienzo a fantasear con lo que puede llegar a suceder si llevo a la perfección mi plan hasta las últimas consecuencias. Una fantasía encantadora, pero que, aún siendo factible, prefiero no materializar por la vía inicialmente elegida. Puede que sea capaz de cometer atrocidades formidables sin que apenas se me altere el ritmo cardíaco, pero no de jugar con los sentimientos de alguien por quien siempre he sentido algo tan especial. Aborto de inmediato el plan –y no, no pienso contarlo-. Luego, cuando ya he apartado del todo la idea de acostarme con ella, vuelvo a comprobar una vez más cómo en esta vida algunas cosas llegan por sí mismas cuando menos te lo esperas. Pero al final vuelve a suceder lo de siempre y quince minutos después salgo de allí dejando atrás otro hermoso cadáver.

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