Tuesday, January 11, 2005

 

16

Paso por casa para recoger varias cosas, algunos de los utensilios que utilizo en mis quehaceres. Pistola y munición, la navaja automática, guantes de piel, todo cuanto necesito para ser feliz. Me planto frente al espejo y ensayo mi rostro más amable. Estoy listo para volver a empezar, incluso tengo víctima en perspectiva: la adorable jovencita del tercero. Tiene dieciséis años y es preciosa. Empieza las clases a las ocho en punto de la mañana, en mi reloj son las siete y veinte. He llegado a casa justo a tiempo para dar inicio a una nueva y emocionante función. Me siento excitado, emocionado por lo que voy a hacer, tanto que ya ni me acuerdo de lo buena que ha sido la noche anterior. Estoy literalmente concentrado en lo que vendrá a continuación. Guardo mis herramientas en una bolsa deportiva y me pongo los guantes. Sé que hoy será una jornada frenética y necesito descargar todo este entusiasmo antes de estallar. Lo que me sucede tiene un nombre: un ataque de pasión impostergable por asesinar.

Salgo de casa y espero pacientemente en el descansillo posterior al tercer piso. Diez minutos más tarde aparece mi víctima, a la que observo sin que advierta mi presencia. A punto de irse, se detiene antes de tomar el ascensor, volviendo a entrar en casa con gesto de estar pensando en lo despistada que puede llegar a ser en ocasiones. Deja la mochila en el suelo, saca las llaves y pasa al interior del domicilio familiar. Instantes más tarde vuelve a aparecer con un cuaderno entre manos. Cierra la puerta con cuidado, recoge su mochila y se dirige de nuevo en dirección al ascensor. Me abalanzo sobre ella, rodeo su largo y blanco cuello con mis manos y comienzo a asfixiarla mientras ella intenta con todas sus fuerzas desquitarse de mí. Pero le es imposible. El cuaderno y la mochila caen al suelo mientras aprieto sin asomo de compasión. Mientras muere, casi puedo sentir cómo su vida se escapa entre mis manos y el descubrimiento me hace sonreír involuntariamente. Una vez muerta entre mis manos, recojo sus cosas del suelo y la arrastro conmigo hasta la puerta que abro con sus propias llaves. Entro el cadáver con gran cuidado y cierro con suavidad, con cuidado de no hacer ruido. En el interior descubro que el resto de la familia aún duerme y celebré el hallazgo casi frotándome las manos. Me pongo los cascos del discman. Saco el hacha de la bolsa deportiva y continúo con ellos mientras suena el Love Will Tear Us Apart de los Joy Division. Me encanta esta canción.

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