Tuesday, January 11, 2005

 

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Estoy con una conocida en un café. Ella toma un refresco con hielo, yo un café. Me está contando que su ex es un hijo de puta con el menor apego por el respeto ajeno, alguien detestable, el típico individuo con el que se enrollan todas las chicas que se equivocan de hombre. No puedo evitar sentir una atracción desmedida por todo lo que hace, sobre todo cuando se muerde el labio inconscientemente, y lo único que pienso mientras asiento con la cabeza a todo lo que dice es que quiero follármela.

Una vez en su apartamento ya estamos metidos de lleno en el tema. La tengo durísima, sus piernas abiertas ante mí mostrándome la vagina húmeda a la que me acerco lentamente, ronroneando. Contemplo su clítoris púrpura, y, tras besarlo, cierro mi dentadura sobre él y lo arranco de un mordisco, tragándomelo con la boca llena de sangre mientras ella emite un alarido indescriptible que se prolonga mientras le desprendo los labios superiores de la vagina para engullirlos. A pesar de su oposición también me quedo con uno de sus pezones entre los dientes. Sus gritos comienzan a apagarse, y creo que es posible que se desmaye a causa del dolor , pero no llega a perder la consciencia mientras introduzco mi polla desnuda, mojándola en sangre, en lo que de su vagina he dejado, copulando salvajemente sobre ella hasta correrme mientras ella emite extraños sonidos de conmoción. Es la atrocidad mayor que he cometido en mi vida, difícil de describir incluso para mí. Decido ahorrarle más horror, cogiendo la almohada sobre la que su cabeza aún reposa y poniéndola sobre su rostro, mi peso sobre ésta. Se agita bajo mi peso, intentando inútilmente quitarme de encima. Tras unos últimos estertores todo acaba para ella.

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