Tuesday, January 11, 2005

 

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Mi existencia oscila entre el crimen y el terror. Como casi todo el mundo no soy para el resto sino uno más del montón, y en mi caso particular una víctima de la mediocridad, el último fracasado de la fila del que nadie desea saber nada. Sin vida social. Anónimo, pasivo, invisible. Sumergido en una soledad absoluta y demoledora. Es sólo cuestión de tiempo que acabe ignorándome a mí mismo.

En un mundo que se me antoja vacuo y desprovisto del menor interés, pocas cosas captan ya mi atención distraída, a excepción del sexo opuesto, el ingrediente imprescindible que logra que un flujo impreciso siga circulando a través de mi torrente sanguíneo. Las mujeres logran que desee continuar respirando cada mañana cuando abro los ojos. Sin tener con ellas un éxito arrollador, podría decirse que poseo cierto toque de distinción que me hace seductor a sus ojos. Sin ellas mis días estarían contados. Ni siquiera existiría una remota posibilidad de supervivencia. Ya sea para amarlas o darles muerte, las necesito, sin que exista discusión posible a esta afirmación.

Claudia fue la última chica con la que salí. Increíblemente sexy y sugerente hasta la exasperación, aunque incapaz de mantener una conversación inteligente. La inteligencia de Claudia no era proporcional a su voluptuosidad física. En definitivas cuentas, una mujer increíble con una cabeza desprovista de materia gris. Siempre contando su vida, una insustancial existencia con cuerpo de interminable y tedioso monólogo. Su conversación anulaba mi libido por completo. No podía seguir con atención sus aburridos soliloquios. Cuando ella hablaba, yo exploraba el borde exterior de la galaxia. Intentaba concentrarme en ella y cuanto decía, pero me resultaba literalmente imposible. Me limitaba a seguirle el rollo sin escucharla; era la opción más sensata.

Nuestra relación fue breve. Terminó con su cabeza decapitada, estrellándose contra una de las paredes del dormitorio, rebotando y cayendo al suelo mientras la sangre se disparaba hacia el techo y el cuerpo iniciaba una sucesión de movimientos histéricos, agitando brazos y piernas, intentando huir, cayendo al suelo finalmente, pataleando y dando golpes con las manos sobre éste. Los párpados moviéndose intermitentemente, abriendo y cerrando la boca de un modo que recordaba vagamente a un pez agonizando fuera del agua, mientras el cuerpo continuaba con ajetreados espasmos y convulsiones, hasta que paró. Dejé el hacha sobre la cama y recogí la cabeza del suelo, asiéndola por el pelo. La miré a los ojos en blanco durante unos instantes y me pregunté si me apetecía hacer algo con la cabeza que sostenía en mi mano. Me senté en el borde de la cama con el rostro de Claudia frente al mío y decidí que aquello era suficiente. De repente me sentí carente de ánimo, como si mi acción no me hubiera reportado la diversión que de ésta esperaba. Estaba cansado y sólo me apetecía dormir. Me dejé caer sobre la cama ensangrentada y descansé antes de deshacerme del cadáver y limpiar toda la sangre. Es el inconveniente de jugar en casa.

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