Tuesday, January 11, 2005

 

6

De madrugada, estoy en la barra de un bar leyendo el periódico. Llevo diez minutos aquí, tomándome un café, y durante todo ese tiempo he estado sometido a observación por un tipo sentado al otro extremo de la barra. Su aspecto no me gusta, aunque tampoco me inquieta. Sólo veo en él cierta posibilidad de que pueda darme problemas. Dejo el periódico en su sitio, termino mi café de un trago, pago y, tras recibir el cambio, salgo al exterior. Treinta segundos más tarde, el tipo de la barra ya está fuera del local, con la mirada puesta sobre mí. Busca algo, mi dinero, probablemente. En ningún momento me siento intimidado. Ya ha oscurecido y dejo que me siga. Tal como pensé, no tarda mucho en abordarme a punta de navaja, y, efectivamente, quiere mi dinero. No estoy dispuesto a dárselo. Llevo un cuchillo encima. Le sorprendo; en un rápido movimiento secciono la superficie de la mano con la que empuña el arma que hasta entonces ha esgrimido contra mí. Su navaja cae al suelo, y la alejo de una patada para que no pueda recuperarla. El siguiente corte le alcanza la cara. Me lanzo sobre él y le practico una abertura desde la parte superior del estómago al bajo vientre, un corte profundo y horrible. Introduzco una de mis manos en el corte hasta el antebrazo. Agarro algo húmedo, duro y caliente en el interior y tiro hacia el exterior con fuerza. El tipo se queda blanco. A continuación dejo que intente huir; me intriga saber hasta dónde llegará con los intestinos colgándole. Presencio cómo, tras un intento imposible por devolverlos a su lugar, cae al suelo pocos pasos más allá. Toda esta sangre me embriaga.

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