Tuesday, January 11, 2005

 

7

Despierto alrededor de las once y media de la mañana. Me siento en plena forma y más activo de lo habitual. Lo primero que me viene a la memoria es la noche anterior, nada extraordinario dentro de lo que a menudo suelo hacer, aunque algo fuera de lugar. Sólo una víctima más dentro de un largo historial de crímenes. Completamente desnudo, pienso que mi tono muscular es bueno, pero insuficientemente bronceado. Mis manos siguen manchadas de sangre producto de mi agitada vida nocturna

Mientras desayuno en una cafetería ubicada a dos calles de mi apartamento reviso la crónica negra en uno de los periódicos del día. Hay dos chicas preciosas en la mesa que tengo ante mí, mostrando una actitud cariñosa que podría provocar una inesperada manifestación de erecciones. Se cuentan secretos al oído, besándose a continuación sin pudor alguno, sin reparo a mostrar sus inclinaciones sexuales. Tras de mí, alguien con graves problemas mentales dice en voz alta "asquerosas lesbianas". Por un momento me tienta la idea de girarme para arrancarle las cuerdas vocales y comérmelas crudas mientras intenta gritar, pero hay demasiada gente como para hacerlo con absoluta impunidad. En lugar de eso cuento hasta diez, cuento hasta veinte, treinta, y termino mi café. A continuación pliego el periódico, me pongo en pie planchando suavemente la chaqueta de mi traje con las palmas de mis cuidadas manos y me dirijo a ellas. Me disculpo por la intromisión, y tras presentarme les pregunto si les gustaría ganar algo de dinero fácil. Sin rodeos, simplemente lo digo.


-¿Cómo? – pregunta la rubia como si no hubiera entendido bien. Una rubia que con ese aspecto de ejecutiva sólo puede llamarse Señorita Sofisticación.

- Me gustaría veros en la cama.

- En ese caso, ¿por qué no vas a un videoclub y alquilas algo de lo que buscas? –responde su compañera, de aspecto adolescente, guapa de verdad y con una insolencia natural encantadora.

-Eso estaría bien, y estoy seguro de que vosotras podríais recomendarme algunos títulos de interés, pero no me apetece ver un video; busco algo en vivo.

Se miran intercambiando una sonrisa estupefacta y cómplice a la vez.

-¿Qué clase de pervertido eres? – pregunta Sofisticación.

-De los que les gusta mirar.

-¿En serio?

-Te lo juro - respondo con una sonrisa que es una obra maestra de las relaciones públicas.

- Supongamos que aceptamos tu propuesta – expone Sofisticación, tomando la iniciativa-. ¿Cuánto estarías dispuesto a pagarnos por lo que nos pides?

- ¿Tenéis un precio?

Por supuesto que sí.

-150 € por cabeza -dice sin pensarlo-.¿A ti qué te parece? – le pregunta a su compañera.

- Estoy de acuerdo–responde ésta mirándose las uñas mientras se enciende un cigarrillo.

- Innegociables – sentencia Sofisticación- ¿Sigues interesado?

-Me parece un precio razonable- respondo yo.

De nuevo Intercambian miradas de incredulidad, obviamente sorprendidas.

-Hablo en serio –digo, al tiempo que muestro mi billetera, armada con un lustroso fajo de billetes nuevos, sosteniéndola ante sus ojos para que la vean bien. Entonces el dinero ve la luz y todo parece paralizarse. Devuelvo la billetera a su lugar de origen y extiendo sobre la mesa la cifra que han pedido, es posible que incluso algo más, como un tahur experimentado haría con una baraja de cartas marcadas sobre la mesa de juego antes de desplumar al resto de jugadores.

-Muy en serio -subrayo con otra sonrisa, y por espacio de unos segundos mantienen una breve conversación en voz baja y finalmente cogen la pasta, el gran señuelo al que casi nadie puede resistirse.

Pago sus consumiciones, y a continuación vamos a mi apartamento, donde ellas me preguntan qué deseo exactamente que hagan y yo les doy libertad creativa. No quieren tomar nada, de modo que les pregunto dónde prefieren hacerlo. Dicen que el sofá les parece bien y por mi parte me acomodo en un sillón situado en la esquina de la sala de estar cruzando elegantemente las piernas, dispuesto a disfrutar antes de que el verdadero show que tengo programado dé inicio.

Además de cómodo, el sofá es lo suficientemente grande como para que puedan moverse con facilidad, sin incomodidades. Comienzan a besarse entre risas y yo me relajo tanto que la realidad no tarda en diluirse ante mis ojos, abstrayéndome sin pretenderlo. No os gustaría saber en qué estoy pensando.


Cuando de nuevo centro mi atención en las chicas ha pasado media hora y están practicando un sesenta y nueve de manera apasionada, pero ahora esto sólo me provoca una absoluta indiferencia, sintiéndome profundamente desconsolado. Ellas están cumpliendo su parte del trato, pero mi pene no muestra el menor asomo de erección.

-Estáis haciéndolo de maravilla- les digo-.Continuad así.

Salgo de allí en dirección a mi dormitorio, donde cojo la pistola. La ocasión requiere silenciador. Vuelvo a la sala de estar y sin mediar palabra me acerco a ellas, vaciando el cargador sobre sus cuerpos.


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