Tuesday, January 11, 2005

 

9

La segunda anécdota se dio durante la clase de filosofía. La explicación de la profesora sobre los presocráticos no me interesaba lo más mínimo, por lo que decidí entretenerme haciendo un barquito de papel. Tan imbuido estaba en aquel acto de creatividad que no me percaté de que la muy hiena, infame y de personalidad aborrecible, acababa de pillarme in fraganti. En consecuencia, fui reprendido severamente ante el resto de la clase, y el barco no sólo fue incautado, sino aplastado además por las artríticas manos de aquella alimaña. “Espero que sea la última vez que le encuentro prestando tan poca atención”, me espetó , mientras por mi cabeza cruzaba la idea de cogerla por el pelo y estrellarla contra el encerado. Pero se suponía, y así debe ser siempre a ojos del resto del mundo, que yo era un ser civilizado que sabía dominar sus impulso. Se imponía el autocontrol. Tendría que conformarme, de momento, con desafiarla ante todos, que también sería divertido, aunque menos que coserla a puñaladas.

La clase prosiguió. No me inmuté y seguí con aquello con lo que había matado el tiempo hasta que aquella furcia con aspecto de reprimida sexual destruyera mi barquito. Acababa de cometer un error fatal. Yo ya la odiaba bastante, pero ahora lo hacía con gran intensidad. Era un ser de actitud deplorable, siempre a punto para humillar a los más débiles. Su principal problema era que yo nunca había pertenecido a tal grupo. Todos la detestaban, pero nadie parecía capaz de decir nada. Yo, directamente, la había ignorado desde principio de curso, pero acababa de captar de nuevo mi atención. La idea de ejecutarla bullía violentamente en mi cabeza, y si eso era lo que quería, desde luego tenía solución.

Lo que llegaba a clase cada mañana no era humano, sino una caricatura de algo que intentaba aparentarlo, casi un ultracuerpo. Demasiada rectitud y disciplina para mí, eso no puede ser saludable para nadie. Siempre aparecía con su cartera de piel bajo el brazo, el cuello estirado, la barbilla levemente alzada en un ridículo gesto de arrogancia; parecía que hubiese pasado una eternidad en un regimiento militar, sólo le faltaba marcar el paso y soltar una interminable retahíla de insultos. Aquel personaje me ponía al borde de la náusea y la carcajada a un mismo tiempo. Cada vez que la miraba no podía evitar imaginarla follándose a alguien, ataviada de cuero negro, fusta en mano y con un apropiado bigote hitleriano, aunque yo casi simpatizaba más con un deplorable genocida como Hitler que con aquella cosa que se ganaba la vida impartiendo clases, indigna incluso de una muerte lenta y dolorosa. Nada de tortura; aquella tía resultaba demasiado desagradable como para dedicarle el tiempo necesario para martirizar a alguien en condiciones y disfrutar con ello. Además, yo no acostumbraba a torturar a mis víctimas; había abandonado hacía tiempo tal práctica, y no haría una excepción con ella. Torturarla, aparte del infinito dolor que pudiese infligirle, no sería para mí sino una total pérdida de tiempo.

Cinco minutos más tarde aquel bicho con aspecto de padecer un estreñimiento crónico interrumpió por segunda vez su explicación para mirarme con verdadero encono. Estaba encendida. Me odiaba, podía notarlo perfectamente, y disfrutaba con ello. Seguramente pensaba que mi actitud respondía a un acto de provocación, a una demostración de insurgencia, lo que en efecto era, pues en ese momento había siete barquitos de papel sobre mi pupitre, un octavo en camino que terminé en sus propias narices. El aula se paralizó por completo. La tensión se transformó en una hoja de afeitar invisible que cortaba el ambiente lentamente y recreándose en el proceso. Cuando acabé, deposité el barquito lentamente sobre la superficie del pupitre, levanté la mirada, sonreí impúdicamente y, ante la increíble expectación suscitada, con mi voz más agradable dije:

-¿Ha visto, fräulein? Ahora tengo la flota entera.

Su actitud fue explosiva. Se dirigió a mi pupitre y destrozó uno a uno los barquitos, ciertamente furiosa. Me sentía inconmensurablemente feliz por haber logrado desquiciarla por completo. Acto continuo me envió de cabeza al despacho del director. Tras recibir la orden a gritos, salí del aula y me dirigí con tranquilidad a mi nuevo destino.

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